El gran memorial del Conde Duque de Olivares
Considerando
los pocos años de V. Majestad, que nuestro Señor alargue a innumerables, me ha
parecido de mi obligación instruir el real ánimo de V. Majd. de algunas máximas
generales del gobierno de Castilla y de España, atreviéndome a hablar hasta de
los serenísimos infantes, en que no discurro de sus personas sino de sus
dignidades, porque a mi juicio por milagro y merced de nuestro Señor hasta hoy
ninguna regla los comprende, y fío de su Divina Majestad que siempre será lo
mismo.
Esto mismo
digo a V. Majd. de todo lo demás de la nobleza, pero habiendo de hablar de
estos estados me ha sido fuerza discurrir en las máximas generales, conforme a
las reglas de policía y estado.
Espero que V.
Majd. se hallará servido deste pequeño trabajo y que después de muchos años
pasados, y después de muerto yo, hallará V. Majd. en estos breves renglones
algunas máximas ciertas, y rastros de la fidelidad, celo y amor deste humilde
criado y esclavo de V. Majd., que guarde Dios siglos enteros para bien de la
Cristiandad y destos reinos. 25 de diciembre 1624.
[Señores infantes de Castilla]
Señor. Consta
el buen gobierno destos reinos de muchos cabos diferentes de que conviene
tratar por menor según el presente estado en que se hallan que por nuestros
pecados es por ventura el peor en que se han visto jamás.
La nobleza se
compone de los infantes, grandes, señores, caballeros y hidalgos. Conviene
mucho que los infantes sean estimados y respetados mucho de todos los otros
vasallos grandes y no grandes.
Y aunque en
estos reinos no se han visto jamás tratados como hoy, es del servicio de V.
Majd. que sea así porque con esto con buen pretexto y blandura se humillan los
grandes, brazo que en otro tiempo con dificultad se doblegaba a los mismos
reyes, pero juntamente con esto es menester que cuide mucho de que su sumisión
a los reyes sea sin ninguna diferencia a la del más particular vasallo; y
aunque en los asientos y lugares tienen tan gran desigualdad, todavía en las
demás cosas se puede ajustar la sumisión de manera que baste como V. Majd. lo
platica hoy con sus hermanos, que mostrándoles mucho amor en algunas cosas les
hace menos cortesía que a muchos vasallos. Y así es conveniente y siempre
necesario estar con extraordinaria atención sin descuidarse en nada que sea
consentirles ninguna falta de respeto ni disimular la menor desobediencia,
porque en consintiendo una se perderá infinito y se aventurarán graves daños.
Háseles de
poner criados medianos, que ni por pocas obligaciones no tengan qué aventurar
ni por muchas osen intentar cosas grandes con torcidos fines, y estar con mucha
atención mirándoles a las manos y que ellos lo entiendan así castigando con
severidad los menores asomos sin que haya dispensación por ningún accidente; y
es menester que sepan que no les ha de costar menos que la cabeza y echar
alguna abajo asegurara las de todos y escarmentará para adelante como conviene.
Y vuelvo a decir a V. Majd. que este es punto de que V. Majd. no debe descuidar
nunca, sino tener a todas horas puestos los ojos en él con la memoria de los
inconvenientes grandes que se han seguido en estos reinos de no estar siempre
velando en atajar los daños que por esta vía pueden ofrecerse.
Conviene
totalmente cerrarles y prohibirles la comunicación de los grandes y ministros
de importancia fuera de los confidentes y favorecidos de V. Majd., y en esto
vivir con suma atención y vigilancia para que esta comunicación no pueda ser
aun por terceras personas de los que sirven a los señores infantes, y los
oficios mayores de su casa conviene darlos a personas totalmente dependientes
de V. Majd. o de sus ministros favorecidos porque no puedan intentar tener
favor por otro camino, pareciéndoles que sin aventurarse le tienen del valido
de V. Majd., con lo cual se previene en cuanto es posible a los daños que se
podrían seguir.
El darles V.
Majd. hacienda ha de ser con limitación pero no con miseria, y siempre tener
cuidado de que por otra mano ninguna no se les socorra, y prohibillo con toda
fuerza en las instrucciones que se dieren a sus criados. Y sobre todos estos
medios, que son los que la prudencia enseña, el mejor y más acertado para la
seguridad y conveniencia del servicio de V. Majd. será procurar acomodarlos,
con la grandeza que se debe a sus personas, en otras Provincias y reinos que no
sean de V. Majd., por vía de casamiento, y entretanto tenellos a la mano lo más
cerca que sea posible, como V. Majd. lo hace, y con los brazos abiertos para
ampararlos, [y] siempre el freno en la mano para contenerlos en los límites de
la obediencia y del respeto. Y este, señor, es el primer punto y el más
importante de cuantos pueden ofrecerse que mire a la conservación de la
dignidad y autoridad de V. Majd.
[Grandes de Castilla]
Señor. El
segundo lugar de la nobleza ocupan los señores de Castilla grandes y los
tratados como tales; […]
Llegó, señor,
el poder de los grandes en tiempo de los señores reyes antecesores de V. Majd.
a estado que alguna vez dio cuidado, y pudo con razón; y aunque el señor rey
don Felipe el segundo, abuelo de V. Majd., se halló en estado que pudo
descuidar justamente deste inconveniente, todavía le pareció bien bajarlos más,
y siguiendo el ejemplo del señor Rey Católico en la institución de los
letrados, les puso togas, dio autoridad y mano en el gobierno y en la justicia,
de manera que, a unos con embajadas y ocasiones de gastos y a otros con la mano
destos ministros, los redujo a tan gran carga de hacienda que aunque su
heredada lealtad y muchas obligaciones no les obligaran a la sumisión, observancia
y puntualidad en obediencia a las reales órdenes, les fuera forzoso el no alzar
cabeza por la falta de hacienda grande a que se redujeron.
Esta se ha ido
continuando con las ocasiones de gastos que se ofrecen siempre y las fiestas
grandes y continuas, y parece que no sea mala materia de estado esta en lo que
mira al gobierno interior por los inconvenientes grandes que se experimentaron
cuando esto no estaba en este estado y por los que hoy se experimentan en otras
provincias donde están poderosos; y en Inglaterra con este recelo les quitaron
enteramente todos los vasallos y jurisdicciones […]
Tengo por
desconveniente el ponellos en oficios grandes, así de la justicia, de la casa y
de la hacienda, pero esta regla no ha de ser tan general que en muchos casos no
padezca excepción. […]
[Señores titulados]
Señor. El
tercer lugar de la nobleza ocupan los señores titulados, dignidad tan grande en
España que se hizo para los hijos de los reyes y en esta estimación estuvo
muchos tiempos hasta que se empezó a introducir en los primeros vasallos del
reino y de aquí no descaeció en muchos, aunque después se fue abriendo la
puerta de manera que entraron muchos y a la postre se puede decir que estuvo
tan abierta que no quedó quien quisiese entrar por ella; tal fue la
desestimación en que se puso […]
Son en número
muchos más que los grandes, y aunque de menor poder los singulares todos juntos
es sin duda que le tendrán mayor que los grandes y por esto, como dije a V.
Majd. en el papel de los grandes, muy conveniente al buen gobierno y quietud
destos reinos el conservar la emulación entre los señores y los grandes y,
aunque sin mostrar atención, conviene que V. Majd. disimuladamente de a
entender que estima algunos señores igualmente que a los grandes y que a los
mayores dellos, porque con esto se conservará la autoridad deste honor que tanto
se ha agraviado con la indignidad de los que le han conseguido, y lo que es más
considerable que es el impedir que no lleguen al rendimiento en que pudieran
estar por lo dicho, sino que conserven la competencia con los grandes, con lo
cual se excusa el unirse con ellos; inconveniente que pudiera ser grande y en
esto debe V. Majd. estar con muy particular atención, no desfavoreciendo a los 40
grandes pero mostrando estimar mucho a los señores, que siempre hallará V.
Majd. entre ellos casas de calidad servicios y cantidad de hacienda que
justamente merezcan este favor sin parecer afectado, sino antes acto de la
justificación de V. Majd. y de su prudencia, de donde nacerá animar aquellos y
templar a los otros sin dar ocasión de sentimiento ninguno.
Desta
jerarquía de personas se servía el señor rey don Felipe el segundo en los
oficios de su casa y en otros puestos de Consejos y presidencias, porque, como
está dicho arriba, siendo el poder destos particulares más moderado y ellos de
menos séquito, juzgaba habían de estar más atentos a su proceder y más
puntuales en la ejecución de las órdenes, por la facilidad mayor que hay en
remover a estos cuando no cumplan con lo que deben, que a los más poderosos y
de mayores parientes. Y no sólo se servía destos en los oficios de
gentileshombres 5 de la Cámara y mayordomos, sino también de sus hermanos
segundos y terceros. […]
No hay en
estos señores el peligro que en los grandes, como está dicho, y como tienen
aquella línea a que ascender les es fuerza por esto estar siempre con mayor
atención y deseo de complacer a V. Majd. en todo, parte esencialísima para el
servicio de V. Majd., con lo cual y con la buena sangre se aseguran mucho los
aciertos; […] y es medida que viniendo a puestos moderados no les desconviene ni
es desproporcionado de ninguna manera el ocupar los mayores, parte también muy
esencial para hacer grandes personas con la disposición de poderlos
experimentar desde las ocupaciones moderadas.
[Caballeros]
Señor. La
cuarta clase de la nobleza son los caballeros particulares, en que no cuento
los hermanos de grandes ni los hijos mayores de los señores, segundos ni
terceros, porque aunque es cierto que no se pueden nombrar con otro nombre, por
la dependencia tan cercana de las casas de sus hermanos difieren en algunas
circunstancias de los otros aunque no en todo. Divido también los caballeros en
dos clases. La una la de los caballeros señores de casas y estados, de que ha
quedado muy poco después que se alargó la mano en hacer títulos. La otra clase
es caballero sin casa, dependientes destos pero no cercanos en parentesco a los
grandes y señores.
Los primeros
han sido muy estimados en Castilla y muy lucidos en ella, conservando emulación
y competencia en todo con los señores de título, y algunos hubo tan estimados
que la tuvieron con los grandes. Esto ha descaecido mucho por la razón dicha,
pero convendrá en lo que ha quedado que V. Majd. se sirva de portarse con
ellos, respecto de los títulos, en la conformidad que representé a V. Majd. que
se debía portar con los títulos respecto de los grandes, esforzando, sin
parecer que se desfavorece a los otros, la parte más flaca. Para esto es
menester escoger casas de caballeros de sangre conocida y antigua, de vasallos
y autoridad, que no será muy fácil de hallar en lo que ha quedado.
La segunda
clase, señor, es de la que se compone la mayor parte del reino y la que V.
Majd. debe servirse de esforzar mucho y traella muy favorecida y alentada,
procurando encaminar la mayor parte della a la guerra donde es utilísima; y en
esta profesión conviene al servicio de V. Majd, traellos muy validos, así en la
mar como en la tierra, y que crean y esperen que su proceder los ha de
adelantar a conseguir con su valor y servicios los primeros puestos honrosos
militares, sin que se los arrebaten los grandes señores si no hubieren caminado
por sus sendas […]
Son
innumerables, señor, las razones que se ofrecen, de conveniencia grande para el
servicio de V. Majd., en poner en los cargos militares de mayor honor a hombres
de fortuna, que así se pueden considerar los caballeros particulares que por su
virtud llegan a ellos. Son gente experimentada, que ha pasado por los trabajos
y hecho hábito dellos, que ha servido los puestos menores sin esperar
dispensación por favor de lo que erraren, que cuando llegan a los puestos
mayores y se les llega a encomendar esta o aquella jornada, que es su suma
felicidad, la ejecutan con sabiduría cierta de que lo que erraren en ella lo ha
de pagar su cabeza, estando siempre con este cuidado para el acierto, y
habiéndole tenido desde que empezaron a servir, como personas que sin otro
arrimo que el de su propia virtud se han puesto en aquellos lugares; asegúrese
V. Majd. que no hay cobro igual como el que se da a lo que se pone en
semejantes cabezas.
La paga mayor
destos no llega a costar a V. Majd. lo que le cuesta el sueldo con que los de
otra jerarquía quieren empezar a servir […]
[Hidalgos]
Señor. Los
hidalgos es el grado primero de la nobleza porque dél se asciende a todos los
demás. Este es el nombre primero de la nobleza de Castilla y el que se conservó
muchos años en ella, sin que se usase del nombre de caballeros ni de señores, y
verdaderamente las mayores casas que hay hoy en estos reinos tuvieron su origen
en los solares de la Montaña y Cantabria donde hoy se conservan con estos
mismos apellidos los que no bajaron a Castilla y se dilataron con las guerras,
adquiriendo los señoríos y estados que hoy poseen.
Algunos hay en
España que sin este origen han alcanzado y conservado señoríos y estados
grandes, pero muy pocos fuera de las casas que descienden de la real y otras
que han venido de fuera. Esta nobleza como la más moderada es la más extendida.
Hay en esta
tres diferencias grandes aunque todos se nombran debajo deste nombre de
hidalgos, pues unos son hidalgos solariegos y descendientes dellos, y ésta es
la antigua y estimada nobleza de Castilla de que he hablado, que sin duda es
muy digna de grande estimación. La otra es la que llaman hidalgos de
privilegio. Esta es de moderadísima calidad y muy desigual en la estimación,
porque muchas destas hidalguías son compradas o adquiridas por otras vías.
También hay hidalgos notorios que no tienen solar, ni más origen aquella
nobleza que haber sido tenidos y estimados por tales. Esta es nobleza mucho más
estimada que la de los privilegios, pero menos que la de los solariegos.
Conviene
favorecer a los hidalgos por la misma consideración que a los caballeros
particulares y por aquellos mismos grados, con atención a que empiezan de un
grado menos, aunque sin duda no se puede mirar a aquellos hidalgos [solariegos]
de la Montaña y Cantabria con desigualdad conocida a los caballeros
particulares, […] teniendo cada grado destos emulación entre si y cada uno con
el de otros, con lo cual no es posible haber unión perjudicial, sino que todos
quedan dependientes del inmediato favor y honra de V. Majd., sin poder aspirar
a ella por otro camino que el del mayor rendimiento a la voluntad de V. Majd. y
su proceder y servicios a su corona.
[Pueblo]
Señor. El
pueblo, señor, tiene el lugar tercero y inferior por serlo los particulares en
calidad, si bien se puede y debe considerar por el mayor poder, no sólo
respectivamente a los otros brazos sino también comparado él solo con los otros
juntos; y así la primera atención de V. Majd. debe ser el gobierno deste brazo
que por el número grande de singulares, por las menores obligaciones y ningún discurso
viene a ser dificultosísimo su gobierno, como se ha experimentado en estos
reinos con gran dolor de los inconvenientes y tumultos que se han seguido de
las aprehensiones ciegas deste vulgo.
Conviene
infinito la vigilancia de la justicia sobre ellos, escarmentando con los
castigos y atemorizándolos para que no excedan, medio que obra más en ellos que
otro ninguno y acciones a que viven muy atentos, pero es necesario que lleguen
a conocer la entereza de la justicia no sólo con ellos sino con los otros
estados más nobles, porque con verla ejecutar igualmente se satisface y
atemoriza juntamente y la satisfacción asegura el daño del temor que si fuera
solo necesariamente llegara a desesperación, y ésta a producir inconvenientes
grandes y daños irreparables.
No sufre (consiente)
este linaje de gente de ninguna manera la falta de pan y mantenimientos, y así
el primer cuidado debe estar en que por ningún accidente falten, antes poner
mucho estudio en que se vean sobrar y sin duda es el punto a que más se debe
atender procurando poner todos los medios posibles para que no solo haya
abundancia, sino también precio. Suelen padecer grandes errores en el juicio
que hacen de las provisiones y sujetos, pero no son pocas las veces que
aciertan y alguna vez, y no pocas, suelen escoger lo mejor […]
Débese atender
mucho por los que gobiernan a no permitir de ninguna manera cabezas nobles,
mayores ni medianas, que se hagan populares, sino atajar este daño apartando
los tales, o usando de los remedios que parecieren convenientes, por los daños
grandes que desto se podrían seguir y se han experimentado […]
Gran Memorial del
Conde Duque de Olivares, 25 de diciembre de 1624
Comentario
de texto
1.- Clasificación (naturaleza, cronología, autor, destinatario y finalidad)
Nos encontramos ante un texto que lo clasificaremos de carácter socio-político, evidentemente muy subjetivo en sus interpretaciones, pero que será de gran interés por los datos que nos proporciona sobre los grupos sociales de la España del siglo XVII y por el papel que a ellos le reserva el valido dentro del programa político de reformas que pretendía llevar a cabo para mantener la hegemonía de la Monarquía española en el exterior y hacerla más cohesionada, uniforme y poderosa en el interior.
El autor del texto es Don Gaspar y Pimentel (Roma, 1587-Toro, 1645),
hijo de los Condes de Olivares, rama menor del ducado de Medina Sidonia, dedicados al servicio real. Al no ser el
primogénito, sus padres decidieron destinarlo a la carrera eclesiástica, por lo
que estudió Derecho en Salamanca (1601). La muerte de sus hermanos mayores dio
un giro decisivo a su vida, al pasar a residir en la Corte, junto a su padre,
hasta que éste falleció en 1607, marchando después a Sevilla para ocuparse de
los dominios de su mayorazgo. Su matrimonio con doña Isabel de Velasco, dama de
honor de la reina Margarita de Austria, le facilitó el acceso a la familia real
y en 1615 era nombrado gentilhombre de cámara del Príncipe de Asturias.
Mecenas, culto y muy inteligente, se granjeó la confianza del príncipe, y con
la caída en desgracia del duque de Lerma, valido de Felipe III, que supuso el
fin de la influencia de los Sandoval en la Corte, sustituida por la facción que
dirigía su tío y protector don Baltasar de Zúñiga, su estrella continuó en
ascenso.
Tras la proclamación como rey de
Felipe IV (1621), se convirtió en «sumiller de corps» y caballerizo mayor,
cargos desde los que su proximidad al nuevo rey se estrechó y desde donde podía
controlar perfectamente su entorno. Hasta la muerte de su tío en 1622 colaboró
con él en la gobernación del reino, lo que le permitió conocer a fondo los
problemas de la Monarquía. En 1623 todo el mundo le conoce como el nuevo valido
del joven monarca y puede empezar a ejercer sin trabas su poder: desplazando y
persiguiendo a los nobles de la oposición y colocando en la corte a sus afectos
(marqueses de Leganés, Alcañiz, Medina de las Torres, etc.). Simultáneamente
incrementaba los títulos, rentas y tierras de su casa, creaba juntas para
suplantar a los consejos en sus funciones y se situaba como interlocutor
ineludible entre éstos y el rey. Con todas las riendas del poder en sus manos
se propuso efectuar las reformas internas y externas de su ideario político.
Su política fiscal,
imprescindible en un Estado en bancarrota si se quería devolverle su antigua
hegemonía en Europa, fue rechazada primero por las Cortes (1623) y luego por
las ciudades, lo que le obligó a un excesivo endeudamiento de la Hacienda para
poder costear los efectivos militares en el frente de Flandes. Abocado a un
callejón sin salida por su belicosa política exterior, quiso aplicar
autoritariamente y con métodos extraordinarios su plan fiscal y político
(“Unión de Armas”), que resulto contraproducente al provocar el
levantamiento de Cataluña y la independencia de Portugal (1640). La oposición
del valido tuvo entonces contundentes argumentos para convencer a Felipe IV de
la absoluta necesidad de prescindir de él (1643). Retirado a sus posesiones de
Loeches, la publicación del «Nicandro», texto apologético de su gestión,
determinó su destierro a Toro, donde finalmente murió.
Los párrafos propuestos
a comentar son unos fragmentos extraídos del Gran Memorial que, en 1624, el Conde Duque de Olivares
redactó, con carácter reservado, secreto y personal, para el rey Felipe IV. Los párrafos
aquí recogidos se refieren a las funciones, el cometido y forma de trato que
debería dar el monarca a dos de los órdenes o estamentos que conformaban la
sociedad española del Barroco: la nobleza, es sus diversos grados de mayor a
menor rango y el pueblo. En las líneas anteriores no se incluye las referencias
que haría el Conde Duque de Olivares a la clase eclesiástica.
La motivación
principal a la que responde la redacción del Gran Memorial: aconsejar al
rey sobre la reorganización de la Monarquía como un conjunto de reinos en
igualdad de obligaciones y beneficios, sujetos a un poder, el real, al que
ninguna circunstancia o tradición puede coartar. Para el Conde Duque no había
otra opción que ésa en un Estado con su economía en bancarrota y amenazado su
futuro por las provincias rebeldes de los Países Bajos (agresivamente
dispuestas a explotar comercialmente las posesiones hispano-portuguesas de la
Corona española), Francia y los estados protestantes de Alemania.
2.-Análisis
El Gran Memorial arranca de un
diagnóstico muy pesimista sobre la situación de la Monarquía española y sus
estados: una economía en quiebra; unos estamentos sociales, especialmente la
nobleza y el clero, nada comprometidos en respaldar y sostener su misión
histórica; y una posición exterior amenazada por los países protestantes y
Francia.
El texto a comentar del Gran Memorial de 1624 recoge
los apartados que dedica a algunos grupos sociales, su valoración y funciones que,
según el Conde Duque, corresponde a cada orden, concretamente aquí se hallan la
presentación
al rey Felipe IV del Memorial con los motivos y justificando su atrevimiento
por las máximas generales del gobierno de España, las cinco referencias a la nobleza
en sus diferentes composiciones (infantes, grandes, nobles con títulos,
caballeros e hidalgos) y una al pueblo.
A.-
Sobre los infantes resulta patente
su prevención y recelo; sin duda pesa en esa actitud el recuerdo del nefasto
papel que algunos de ellos jugaron contra el poder real durante la Edad Media,
aglutinando en su entorno a facciones nobiliarias movidas por la ambición de
futuras recompensas, sin miramientos con la anarquía y pobreza en que hundían
el reino. Los ejemplos serían muchos: Alfonso de Castilla (1030- 1109) contra
su hermano el rey Sancho II; los Infantes de Aragón entorpeciendo continuamente
el gobierno de Juan II (1405-1454); el hijo de éste, el infante don Alfonso
proclamado rey en vida de su hermano Enrique IV (1454-1474) por un sector de la
aristocracia, etc.
En el momento que se escribe el Gran Memorial Felipe IV no tenía
herederos y sí dos hermanos adultos. Nada temía más el Conde Duque que la parte
de la nobleza que le odiaba, mayoritaria, se atrajera hacia ella a un presunto
heredero, contra el que por razón de su rango no podría tomar decisiones de fuerza,
poniendo en peligro su ascendiente sobre el rey y con él su programa, así como
la estabilidad política en momentos tan delicados. De hecho, en 1624 ya tenía
fundadas sospechas de los intentos de aproximación de sus enemigos al infante
don Carlos. Por todo ello aconseja a Felipe IV que los servidores de sus
hermanos se encuentren lejos de «la comunicación de los grandes y ministros de
importancia», excepción hecha de los de plena confianza y «favorecidos de V
M.». Asimismo, recomienda alejarlos de la Península, con cargos políticos o
«por vía de casamiento». Mientras tanto, debe impedir cualquier ayuda económica
hacia ellos que no provenga del rey, ni «consentirles ninguna falta de respeto
ni disimular (disculpar) la menor desobediencia», de manera que «no tengan que
aventurar ni por muchas osen intentar cosas grandes con torcidos fines».
B.-
En relación con la alta nobleza, el
Gran Memorial la divide en Grandes de
Castilla y Señores titulados,
estos últimos mayores en número, menos peligrosos porque quieren ascender y por
eso se dedican a complacer al rey.
Salvo la favorecida por él, Olivares no encontró en la alta nobleza
nada más que animadversión. Desde su óptica, el Conde Duque no era sino un
privado soberbio que mal aconsejaba a un rey débil, víctima de sus manejos, y
mantenía a los infantes poco menos que prisioneros. Naturalmente, su programa
político les parecía solamente un disfraz con el que enmascarar el saqueo de
las arcas reales en su beneficio y en el de su familia y clientela. Esto último
era sólo en muy escasa medida cierto. Desde luego era falso que se enriqueciera
ilegalmente a costa del erario público, lo que sí había hecho su predecesor en
tiempos de Felipe III, el duque de Lerma, al que apoyaba la nobleza ahora
adversa.
Era verdad que Olivares tenía todo el orgullo herido acumulado por las
ramas inferiores de las grandes casas nobiliarias, de ahí su tesón por levarse
por encima de los duques de Medina Sidonia, linaje superior de los Guzmán.
Convencido de que su familia había sido injustamente apartada de la herencia
ducal, aprovechó su valimiento para engrandecer a los Guzmán comprando tierras
en los alrededores de Sevilla y fundando el ducado de Sanlúcar la Mayor, como
forma de desagraviar a sus ancestros. Ni que decir tiene que a pesar de esto la
vieja nobleza siempre le consideró un advenedizo resentido contra sus
superiores en rango. Pero no se oponía a su política sólo por esto; como en
otras partes de Europa, la nobleza se resistía a cualquier reforma que le
supusiera obediencia y disciplina, actitudes que para el Conde Duque eran
imprescindibles en la Monarquía unida, política y socialmente, por la que
luchaba. Sometida tras gran esfuerzo por los Reyes Católicos y mantenida a raya
por Carlos I y Felipe II, la nobleza había vuelto por sus fueros durante el
reinado de Felipe III, aprovechando su debilidad y la privanza nefasta del
duque de Lerma. Se trataba, por tanto, de reponerla en su sitio: complaciente,
servicial y palaciega. Hacia 1624 la nobleza había aumentado en casi cuarenta
títulos desde comienzos de siglo. En total, veinticinco duques (todos grandes
de España), setenta marqueses (nueve grandes) y setenta y tres condes (siete
grandes). El temor de Olivares no estribaba tanto en un levantamiento como
repuesta al autoritarismo regio, al modo de lo ocurrido en Francia, cuanto en
el control político que podía ejercer usando de sus riquezas y predicamento
para entorpecer sistemáticamente cualquier reforma que supusiera menoscabar sus
privilegios y reforzar el poder regio.
Para neutralizar esta actitud aconseja Olivares, en lo que a los
grandes se refiere, reducir sus riquezas encargándoles embajadas y misiones
costosas para así «no alzar cabeza por la
falta de hacienda grande a que se redujeron»; no destinarlos a cargos de
alta responsabilidad y poder, «así de la
justicia, de la casa (en la Corte) y de la hacienda», norma que «no ha de ser tan general que en muchos no
padezca excepción», bajo condición de probada fidelidad y para crear
divisiones y envidias dentro de tan escogido grupo.
La política a seguir frente
a los títulos sin grandeza, cuya cantidad critica, es la de suscitar su
rivalidad con los anteriores, «con lo cual se excusa (evita) el unirse con
ellos; inconveniente que pudiera ser grande». Por otra parte, el utilizarlos en
cargos cortesanos y de alta administración reporta más beneficios que
inconvenientes: suelen ser más sumisos y eficaces a las órdenes recibidas porque
desean ascender y son más fáciles de cesar y sustituir «cuando no cumplan
con lo que deben que a los más poderosos y de mayores parientes». De otro
lado, se les puede probar en cargos menores, lo que no podía
hacerse con la grandeza de España y en función de su solicitud y disposición
irles promocionando a otros de mayor rango.
D.- El Conde Duque de Olivares lo primero que
realiza en el Gran Memorial cuando se refiere a los grupos de la baja nobleza es una clasificación. A
los caballeros en dos grupos: caballeros de casas y estados y caballeros sin casa. Los primeros más
altos en dignidad y antigüedad y menos numerosos, y sobre los segundos,
caballeros sin casa, realiza una gran defensa al considerarlos más útiles para
el reino. A cerca de los hidalgos
realiza una división en tres grupos: hidalgos solariegos, hidalgos de
privilegios e hidalgos notorios. Todos, caballeros e hidalgos, deben destinarse
a la milicia donde su afán por escalar puestos les hará esforzados y buenos
soldados.
Como se verá la obsesión de Olivares es crear una
nobleza administrativa, sujeta al rey, eficaz y libre de
corrupción y ambiciones personales. Su impresión era que tanto la alta como la
baja nobleza constituían un grupo de desconfiados e inmorales. Las prohibiciones de
1625 y años siguientes de publicación y representación de obras «profanas y
perniciosas [...] por el que blandamente hacen (tan) malos ejemplos», son
prueba de ese interés por sanear las costumbres y la moral de la nobleza,
especialmente de sus hijos. En esta misma dirección iba la creación de unos
«Estudios Reales» en la Corte, utilizando para ello el Colegio Imperial que los
jesuitas regentaban en Madrid. Sin embargo, a pesar de los buenos
planes de estudio (lenguas clásicas, filosofía, matemáticas,
artes políticas y económicas [...] ajustando la razón de estado con la
conciencia, religión y fe católicas, y de los medios disponibles, la nobleza y
las universidades hicieron lo posible, y lo consiguieron, por frustrar el
proyecto. Según Domínguez Ortiz, en 1634, en el Colegio cursaban estudios sólo
sesenta alumnos y ninguno era noble.
E.- En relación con el pueblo
la política que se debe seguir está concebida desde la óptica paternalista de
la monarquía: atenderlo, procurar su bien, pero mantenerlo en su
sitio, y no solo por la monarquía también por la nobleza y la iglesia. Así
mismo, plantea sus temores y sus reservar ya que considera que no debe bajarse
la guardia sobre su control y hay que usar de castigos duros y ejemplares si llega a «desenfrenarse», dando el «castigo y escarmiento que conviene». Al
pueblo dirá que no debe faltarle el pan y el mantenimiento, dirá, para
lamentarse de los abusos que sufren sus miembros, sobre todo en las ciudades,
donde los regidores «hacen lo que quieren
usurpando a los pobres sus haciendas, atropellándolos y rejándolos», de ahí
su preocupación por formar un cuadro de oficiales reales preparados y éticos
porque es necesario que lleguen a conocer la entereza de la justicia no sólo
para ellos sino para todos, incluida la nobleza.
Nuevamente en este apartado el Conde Duque deja mostrar sus
prevenciones contra la nobleza; así, teme que el descontento del pueblo por sus
penosas condiciones de vida pueda ser capitalizado de forma oportunista por
algún noble o grupo de nobles moviéndolos, demagógicamente, a tumultos y
desórdenes al servicio de sus intereses contrarios a los de la Corona.
3.- Comentario
Felipe IV (1605-1665) se convirtió en rey de España muy joven, con 16
años, y su primer sentimiento fue el de una gran preocupación al tener que
asumir la pesada herencia de un inmenso imperio, no estando seguro de su
capacidad, aquejado como estaba por numerosos problemas. Era lógico, por tanto,
que buscara la colaboración y el consejo de alguien que le ayudara a
reinar, y nadie más próximo a él y con un programa mejor pergeñado que su fiel
don Gaspar de Guzmán. Y, sobre todo, nadie más sinceramente humillado ante su
poder; de su lealtad y desmedido afecto al rey, no cabe ninguna duda.
De vivo ingenio e inteligente, el adolescente monarca tenía tendencia
a la ociosidad, y en opinión del Conde Duque su educación política debía
ser mejorada. Desde su entronización le fue suministrando un programa de
lecturas de historia y crónicas, al tiempo que lo introducía en las reuniones
de los consejos, a pesar de que hasta 1627 el rey no asumiría en toda su
intensidad la enorme responsabilidad que había recaído sobre él. Un año antes,
el Conde Duque confesaba a la Infanta doña Isabel que «es mozo [...] poco
inclinado al trabajo de los papeles».
En este contexto de preparación de Felipe IV para que lo antes
posible se hiciera cargo de sus obligaciones, y de las dificultades que
entrañaba reinar tantos y dispares estados, debe insertarse la elaboración para
uso por el rey del Gran Memorial.
Para salir de tan penoso estado, el Conde Duque sostenía que el primer
remedio era la exaltación y el fortalecimiento del poder real, creencia que
obedecía a una teoría política muy extendida y que contaba con amplia
aceptación en toda Europa: en Inglaterra, en Francia, en los estados alemanes,
la mayoría de los consejeros reales y tratadistas políticos consideraban que la
fortaleza de las naciones era mermada y debilitada por los privilegios de la
nobleza y arcaicas estructuras territoriales.
Por ello era fundamental reforzar la autoridad real, conseguir una
mayor efectividad en la organización administrativa, controlar férreamente a la
nobleza y una política fiscal diferente que aumentara los ingresos y redujera
los gastos de la recaudación. Toda esta ingente tarea, en un estado
plurinacional como la Monarquía española, no podía hacerse si no era alcanzando
la unidad entre los diversos reinos que la componían.
Para el Conde Duque la autoridad del rey había sido debilitada,
después de la cima alcanzada con los Reyes Católicos, el emperador Carlos y
Felipe II, por el gobierno de los validos de Felipe III, bajo cuya gestión la
corrupción creció de manera alarmante, lo que aprovechó la alta nobleza para
cercar al monarca y reducir su autoridad. La situación podía degenerar en la
que se vivió durante los siglos XIV Y XV, en los que las ambiciones nobiliarias
sembraron de desorden y anarquía la Corona de Castilla, desobedeciendo,
mancillando y usando en su beneficio el poder real, que alcanzó durante esas
centurias sus cotas más bajas.
Reforzar ese poder, sobre todo en los reinos no castellanos de la
Corona era el problema más difícil de resolver y, a la vez, el de más
perentoria resolución de todos aquellos que debían afrontar Felipe IV y su
valido. En los reinos de la Corona de Aragón, en Portugal y en Vizcaya, sus
leyes, fueros, privilegios, inmunidades y Cortes propias, coartaban la eficacia
de un poder real fuerte, resueltos a no claudicar de sus prerrogativas, sobre
todo, cuando las potencias extranjeras amenazaban como nunca la hegemonía
española. La debilidad de la Corona radicaba fundamentalmente en esa división
que los anteriores validos habían profundizado con su pertinaz confianza hacia
los castellanos, excluyendo a catalanes o portugueses de cargos de
responsabilidad y manteniendo las barreras aduaneras. Se imponía por tanto unir
lo separado, homogeneizar lo diverso, aglutinar en torno al rey súbditos tan
dispares. Cuando se removieran todas estas particularidades sería posible un
estado justo y equilibrado, según el sistema jerárquico tradicional basado en
la obediencia a un rey volcado en la prosperidad de sus súbditos. En función de
esa obediencia a un poder real omnímodo sería como podrían removerse todas las
trabas que impedían el desarrollo económico del reino, invirtiendo su decadente
trayectoria mediante la planificación e intervención de la Corona en una amplia
y ambiciosa acción de gobierno: impuesto único, colaboración económica de la
nobleza y el clero en las empresas del Estado; participación de éste en
compañías, creación de manufacturas, modificación de los estatutos de limpieza
de sangre para integrar en la vida nacional a los conversos; supresión de
aduana, apertura de puertos, etc., «poniendo el hombro en reducir (convertir)
los españoles a mercaderes», en palabras del Conde Duque.
4.- Conclusiones
Incluimos aquí dos características muy diferentes. En primer lugar, en
el texto a comentar no se incluye al estamento eclesiástico, primero de los
órdenes, que sí recoge el Gran Memorial del Conde Duque de Olivares, y en el
cual se lamenta del excesivo número de sus miembros y de sus grandes riquezas
en rentas y tierras, estas en manos muertas. El más rico del reino, dirá.
La idea de una «España unida» en la que inserta el Gran Memorial no
era original de Olivares, sino una tradición con base histórica que se
remontaba a siglos atrás, y que habían promovido con especial ímpetu los
humanistas del XV. Durante el reinado de Felipe III fueron numerosas las
protestas de aquellos para quienes las leyes y las libertades de los reinos
hispánicos no castellanos hacían recaer exclusivamente sobre Castilla las
onerosas cargas fiscales y obligaciones militares, que permitían mantener la
política exterior de la Monarquía contra las amenazas de sus enemigos europeos.
En la necesidad de la colaboración de todos los reinos peninsulares insistía el
Consejo de Castilla, en 1619, porque «como
más relevados y poblados de gente fuera justo que se ofrecieran, y que no
cayera todo el peso y carga sobre Castilla, un sujeto tan flaco y tan
desustanciado». Y en las Cortes de Valladolid de 1623 se planteaba la misma
cuestión y se ponía de manifiesto que la posesión de Flandes era empresa que
interesaba a todos los reinos de la Corona y que la defensa de la frontera
catalano-aragonesa con Francia no podía ser permanente responsabilidad de
Castilla a costa de su erario y de la vida de sus hombres.
5.- Bibliografía
- Aldea
Vaquero, C. (1982). Iglesia y estado en la
época barroca. En vol. XXV de la Historia
de España dirigida por
Menéndez Pidal. Madrid. Ed. Espasa Calpe.
- Domínguez Ortiz, A. (1963 y 1970). La sociedad española en el
siglo XVII, Madrid. CSIC, 2 vols.
·
Elliot, J.H.
(1991). El Conde Duque de Olivares. Madrid. Ed. Crítica.
·
Elliot, J. H. y
Peña, J. E de (1978 y 1980). Memoriales
y cartas del Conde Duque de Olivares. Madrid. Ed. Alfaguara, 2 vols.


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