TEXTOS ALTA EDAD MEDIA. Al-andalus
1.- Covadonga.
A.- El relato cristiano: Crónica de Alfonso III.
Alqama mandó entonces comenzar el combate, y los
soldados tomaron las armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las hondas,
brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas.
Pero al punto se mostraron las magnificencias del Señor: las piedras que salían
de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro
de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y
como Dios no necesita las lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere,
los cristianos salieron de la cueva para luchar con los caldeos; emprendieron éstos
la fuga, se dividió en dos su hueste, y allí mismo fue al punto muerto Alqama y
apresado el obispo Oppas. En el mismo lugar murieron ciento veinticinco mil caldeos,
y los sesenta y tres mil restantes subieron a la cumbre del monte Aseuva y por el
lugar llamado Amuesa descendieron a la Liébana. Pero ni estos escaparon a la venganza
del Señor; cuando atravesaban por la cima del monte que está a orillas del río llamado
Deva, junto al predio de Cosgaya, se cumplió el juicio del Señor: el monte, desgajándose
de sus cimientos, arrojó al río los sesenta y tres mil caldeos y los aplastó a todos.
Hasta hoy, cuando el río traspasa los límites de su cauce, muestra muchas señales
de aquéllos.
Según el texto de Gómez
Moreno, Bol. Ac. Ha. C. 1932.612
B.- La noticia musulmana: Nafh al-tib de al-Maqqari.
Dice Isa ben Ahmad Al-Razi que en tiempos de Anbasa
ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo.
Desde entonces empezaron los cristianos en al-Andalus a defender contra los musulmanes
las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr. Los
islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado
de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado
Pamplona en Galicia y no había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado
Pelayo con trescientos hombres.
Los soldados no cesaron de atacarle hasta que
sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres
y diez mujeres. Y no tenían qué comer sino la miel que tomaban de la dejada por
las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a
ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: 'Treinta asnos salvajes ¿qué daño
pueden hacernos?' En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Fáfila. El reinado
de Pelayo duró diecinueve años, y el de su hijo dos. Después de ambos reinó Alfonso,
hijo de Pedro, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reino hasta
hoy y se apoderaron de lo que los musulmanes les habían tomado.
SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. La España musulmana, Op.
cit., vol. I, pp. 74-77.
2.- Pacto de Teodomiro
Dado
en el mes de Raÿab, año 94 de la Hégira (713 d.C.). Como testigos, ‘Uzmán ibn Abi
‘Abda, Habib ibn Abi ‘Ubaida, Idrís ibn Maisara y Abul Qasim al-Mazáli.”
Traducido
por Felipe Maíllo Salgado, Salamanca, 1993
3.- Mérida, 713
Al cabo fue conquistada la ciudad
en ramadán del año 94, el día de la fiesta Fitr [30 de junio de 713] [...]
Ajustaron, en efecto, la paz, a condición de que los bienes de los que habían muerto
el día de la emboscada, y los de aquellos que habían huido a Galicia, fuesen para
los muslimes, y los bienes y alhajas de las iglesias para Musa.».
Anónimo, Ajbar
Machmúa, trad E. Lafuente, Madrid, 1867, facsímil, Madrid, 1984, pp. 29-30 (cfr.
VV.AA., Los árabes invaden España, Madrid, Cuadernos de Historia 16, n.º
249, 1985, separata central).
4.- Inicio de las guerras civiles entre beréberes, baladíes y sirios.
Aconteció, en tanto, que los berberiscos
españoles, al saber el triunfo que los de África habían alcanzado contra los árabes
y demás súbditos del califa, se sublevaron en las comarcas de España, y mataron
o ahuyentaron a los árabes de Galicia, Astorga y demás ciudades situadas allende
las gargantas de la sierra (de Guadarrama), sin que Ibn Qatan tuviese la menor sospecha
de lo que sucedía hasta que se le presentaron los fugitivos. Todos los árabes de
los extremos del norte de la Península fueron impelidos hacia el centro, a excepción
de los que habitaban en Zaragoza y sus distritos, porque eran allí más numerosos
que los berberiscos y no podían éstos acometerles. Derrotaron a los cuerpos del
ejército que Abd al-Malik mandó contra ellos y mataron a los árabes en varias comarcas,
visto lo cual, temiendo que le sucediese lo que había acontecido a los de Tánger
y con noticia de los aprestos que hacían contra él, no halló el valí medio mejor
que solicitar la ayuda de los siriacos. Les envió barcos en que se trasladasen a
España por pelotones, les remitió víveres y mantenimientos y púsoles por condición
que le entregasen diez personajes de los más importantes de cada división, para
tenerlos como rehenes en una isla y que, terminada la guerra, los transportaría
de nuevo a Ifriqiya. Convinieron en ello y aceptaron el pacto, exigiendo a su vez
que se les trasladase después a Ifriqiya todos juntos y no separadamente y que se
les llevase a punto donde no fuesen inquietados por los berberiscos. Venía con los
siriacos Abd al-Rahman ibn Habib, cuyo padre había muerto en Nasdora.
En el año 123 fue cuando Abd al-Malik
los trajo a España y, recibidos los rehenes, los depositó en la isla de Umm Hakim,
en el mar. Estaban los siriacos en el último estado de miseria y desnudez, sin más
abrigo que sus corazas. Al llegar a Algeciras encontraron pieles adobadas en abundancia,
de las cuales se hicieron madraás, y después en Córdoba, ibn Qatan vistió a los
caudillos principales y les repartió dádivas: no siendo esto bastante, los árabes
de España, tan opulentos como reyes, los recibieron, vistiendo cada cual a los más
principales de su tribu y haciéndoles tantas larguezas que quedaron equipados y
hartos.
Congregados los berberiscos de
Galicia, Astorga, Mérida, Coria y Talavera eligieron por jefe a ibn ..., y con un
ejército innumerable pasaron el río Tajo en busca de Abd al-Malik ibn Qatan, el
cual mandó contra ellos a sus dos hijos, Qatan y Umayya, con los siriacos compañeros
de Balch y los baladíes de España. Cuando supieron los berberiscos que este ejército
se hallaba próximo rasuráronse la cabeza, a imitación de Maysara, a fin de no ocultar
la causa que defendían y de no confundirse (con los contrarios) en la batalla. Así
se acercaron a la ciudad de Toledo. Qatan y Umayya con sus tropas respectivas vinieron
a su encuentro y trabóse una recia pelea en tierras de Toledo, sobre Guazalate.
Los siriacos acometieron con furia y batallaron como quien busca la muerte, hasta
que Dios les concedió que los berberiscos volviesen la espalda e hicieron en ellos
tan gran matanza que casi los exterminaron, sin que escapasen (con vida) más que
aquéllos a quienes no pudieron dar alcance. Los siriacos cabalgaron en los caballos
y vistieron las armas (de los vencidos), dividiéndose después en varios destacamentos,
que fueron matando berberiscos por toda España hasta exterminar completamente el
fuego de la rebelión. Concluido esto, volvieron a Córdoba y Abd al-Malik les dijo
"Salid. -Pronto estamos, contestaron, si nos llevas a Ifriqiya. -No tengo,
dijo, barcos suficientes para transportaros juntos, porque ahora poseéis esclavos,
caballos y equipajes; salid para Ifriqiya en pelotones separados. -No saldremos,
replicaron, sino todos reunidos. -Marchad a Ceuta. -)Así quieres exponernos, exclamaron, a las iras
de los berberiscos de Tánger?. Más nos valiera que nos arrojaras a los abismos del
mar". Y viendo lo que pretendía hacer con ellos, subleváronse contra Abd al-Malik,
le proclamaron. Ibn Qatan pasó a habitar su casa, que era la llamada de Abu Ayyub,
y sus dos hijos huyeron, el uno a Mérida y a Zaragoza el otro, donde permanecieron
algunos días concertando su plan, siguiéndose una gran perturbación en España.
El gobernador de Algeciras había
dejado de asistir a los rehenes, que se encontraban en la isla de Umm Hakim, con
los alimentos y agua que necesitaban, pues en la isla no hay agua ninguna, y a consecuencia
de esto murió uno de ellos, noble personaje de Siria. Luego que Balch dispuso que
fuesen puestos en libertad, quejáronse del mal tratamiento que ibn Qatan les había
tenido y de la muerte de su compañero, que había perecido de sed, y le dijeron:
"Concédenos la venganza (matando a Abd al-Malik)". Balch les contestó:
"No hagáis tal, porque pertenece a la tribu Qurayx y la muerte de vuestro compañero
fue sólo por un descuido: esperad y veremos qué giro toman las cosas". Mas
los yemeníes se levantaron como un solo hombre, importunaron a Balch y le dijeron:
")Tratas de defender a los mudharíes?". Temiendo entonces éste las violencias
de los sublevados y el promover una discordia, mandó que sacaran a Abd al-Malik.
Era ya tan anciano, que parecía (por su canicie) pollo de avestruz, pues tenía 90
años o más. Había estado en la batalla de Harra con los medinenses y huyó desde
allí a Ifriqiya: íbanle diciendo cuando le conducían: "Tú eres el fugitivo
que escapaste en Harra al filo de nuestras espadas y para vengarte de aquella derrota
nos has puesto en el trance de comer perros y cueros y has hecho traición al ejército
del Emir de los Creyentes". Condujéronle a la cabeza del puente y le mataron
y crucificaron a la izquierda del camino, crucificando a su derecha un cerdo y un
perro a su izquierda. Un día permaneció allí su cadáver, hasta que por la noche
vinieron los libertos berberiscos de Almodóvar y le robaron. Tomó aquel paraje el
nombre de Maslib (lugar de crucifixión) de Abd al-Malik ibn Qatan y le conservó
hasta que Yusuf fue nombrado valí y Umayya ibn Abd al-Malik construyó en aquel sitio
una mezquita, perdiendo su antigua denominación y llamándose mezquita de Umayya.
Fue destruida el día de la sublevación de los cordobeses contra Al-Hakam ibn Hixam,
quedando el sitio abandonado y perdiendo sus dos anteriores nombres de la crucifixión
y mezquita, excepto para los que conocen este suceso.
Así que llegó la noticia de los
hijos de Abd al-Malik lo acaecido, consiguieron reunir un ejército de las lejana
comarcas de Narbona y de baladíes y berberiscos, pues aunque sus espadas goteaban
aún sangre berberisca, consintieron éstos en ayudarles, buscando ocasión de vengarse
de los siriacos, para habérselas después con los baladíes, terminado este asunto.
Vinieron Qatan y Umayya en unión con Abd al-Rahman ibn Habib, que había sido de
los de Balch, y al ver lo que habían hecho con Abd al-Malik se había separado de
él y de la causa siriaca, y con Abd al-Malik se había separado de él y de la causa
siriaca, y con Abd al-Rahman ibn Alqama Al-Lajmi, gobernador de Narbona. Traían
un ejército de cien mil hombres o más contra Balch y sus compañeros, que estaban
en Córdoba. Muchos fugitivos de la expedición siriaca, que habían andado errantes
por alquerías y montes y por las comarcas de Ifriqiya, sin medio de volver a Siria,
habían venido a reunirse con éste y constituían un ejército de doce mil hombres,
sin contar los muchos esclavos que habían tomado de los baladíes y berberiscos.
Salieron, pues, y llegaron a dos barid de Córdoba, al lugar llamado Aqua Portora,
donde Balch envistió a los enemigos con sus tropas. No pudieron resistirle ni mantenerse
mucho tiempo; pero Abd al-Rahman ibn Alqama Al-Lajmi, tenido por mejor caballero
de España, dijo: "Mostradme a Balch, pues, vive Dios, que he de matarle o morir
a sus manos". Mostráronselo, con efecto, diciéndole: "Aquel es del caballo
blanco". Acometió entonces con la caballería aragonesa y, retrocediendo los
siriacos hasta dejar en descubierto a Balch, que tenía en su mano la bandera, dióle
dos cuchilladas en la cabeza. Al-Husayn ibn Al-Dachn Al-Uqaili cargó contra Abd
al-Rahman y le asestó varios golpes, forzándole a que le hiciera frente, por manera
que apenas se detenía en algún punto, Al-Husayn le perseguía con la caballería de
Quinnasrina, obligándole a desistir de su empeño y a defenderse, y dándole furiosas
acometidas, hasta llegar a sus filas y golpearle en medio de ellas. Mas era ibn
Alqama caballero de grande esfuerzo, bien prevenido y cubierto además con tan bien
templadas armas, que en ellas no hacía mella alguna la espada de Al-Husayn. Emprendieron
al fin precipitada fuga (baladíes y berberiscos) y siguiéronles (los siriacos),
matando a unos y cautivando a otros. Volviéronse enseguida y Balch murió a los pocos
días de las heridas que había recibido de Alqama, según unos, y según otros porque
le llegó su hora. Dios lo sabe.
Eligieron entonces (los siriacos)
por valí a Thaalaba ibn Salama Al-Amili, contra el cual se juntaron baladíes, árabes
y berberiscos en Mérida, reuniendo un ejército tan considerable, que no tenía aquél
fuerza bastante para resistirle. Salió, sin embargo, y combatió valerosamente; mas
no alcanzó ventaja ninguna y tuvo que encerrarse en la ciudad de Mérida y mandar
un emisario al lugarteniente que había dejado en Córdoba, para que fuese a él con
las tropas que allí quedaban, a fin de combatir a los baladíes. Estando de esta
suerte cercado en Mérida por baladíes y berberiscos, pues éstos eran los más numerosos,
llegó la fiesta de Fitr o de Alza, y como observase Thaalaba que (con tal motivo)
se descuidaban y diseminaban, hizo una salida al amanecer del día de la fiesta,
los derrotó con gran matanza y redujo a cautiverio sus mujeres e hijos, cosa que
ni el mismo Balch se había atrevido a hacer, tomando el camino con diez mil o más
prisioneros, hasta acampar en la almazara de Córdoba.
El gobernador de Ifriqiya había
llegado a saber el estado de las cosas de España; la gente más honrada (de este
país) había acudido a él y le habían escrito algunos, rogándole que les mandase
un valí a quien todos reconociesen y prestasen obediencia, así como al califa, a
fin de que tanto baladíes como siriacos se sometiesen a su autoridad, pues (de lo
contrario) les amenazaba la muerte y temían la desventura de sus familias.
Thaalaba, en tanto, acampado en
la almazara, vendía entre sus soldados los hijos y mujeres de los baladíes, habiéndosenos
referido que enajenaban sus jeques al que menos ofrecía por ellos, y que puso a
la venta a ibn Al-Hakam, oriundo de Medina y establecido en España, y a Al-Harith
ibn Asad, medinense también y de la tribu de Chuhaina, con un pregonero que gritaba:
") Quién compra a la baja estos dos jeques?", y contestó otro: "Diez
dinares doy por uno de ellos". El pregonero dijo: ")Quién da menos?",
y así continuó hasta vender uno por un perro y otro por un cabritillo. En esto se
hallaba ocupado Thaalaba, cuando llegó Abu-l-Jattar Al-Husam ibn Dirar Al-Kalbi,
nombrado gobernador por Hantala ibn Safwan, a nombre del califa al-Wali ibn Yazid,
el cual los encontró aún acampados en la almazara. Era (Abu-l-Jattar) un noble siriaco,
natural de Damasco, y todos le atendieron y prestaron obediencia, siriacos y baladíes.
Dio libertad a los prisioneros y cautivos, llamándose por esta causa su ejército
el de la salvación, y aunándose todas las voluntades. Huyeron ibn Salama, Uthman
ibn Abi Nisa y otros diez personajes siriacos, amnistió a los dos hijos de Abd al-Malik
ibn Qatan, y acomodando a los siriacos en las diferentes comarcas, aquietóse el
estado de los españoles.
Tomado del Ajbar Maymua. Trad. de Lafuente
Alcántara. Madrid, 1867, p. 48.
5.- La jornada del Arrabal, 813
«El príncipe omeya reinante al-Hakamibn Hixam casi no
se ocupaba más que en jugar, cazar y beber, y en otros placeres semejantes, y, por
otra parte, la ejecución de muchos de los principales habitantes de la ciudad le
había hecho odioso ante el pueblo, que era maltratado e injuriado por los mercenarios
del emir.
El
desorden llegó a tal punto que, cuando se convocaba a la plegaria, el populacho
gritaba:“¡Ven a rezar, borracho, ven a rezar!”, y cuando alguno lanzaba esta injuria,
los demás aplaudían. [...]Más tarde estableció el impuesto del diezmo sobre las
mercaderías, tributo que habría de cobrarse cada año sin remisión, lo que fue muy
mal acogido por el pueblo. Al-Hakam se apoderó de diez de los principales exaltados
y les hizo ejecutar y crucificar, con lo que dio más motivo a la cólera de las gentes
del arrabal. [...]
Los
habitantes del arrabal meridional empuñaron los primeros las armas, y todos los
otros arrabales les siguieron. El yund[1]1,
los omeyas y los esclavos negros se concentraron en el palacio, y al-Hakam procedió
a la repartición de los caballos y de las armas, así como a la reunión de sus hombres.
Se
entabló la lucha, y ésta fue favorable a las gentes del arrabal, que cercaron el
palacio. Entonces, al-Hakam descendió de la terraza en la que se encontraba y fue
a caballo y armado a reanimar el valor denlos suyos, que al verle se batieron con
mayor encarnizamiento.
Al-Hakam
consultó con Abd al-Qarimibn Abd al-Wahid ibn Abd al-Mugayth, su último consejero,
que le recomendó clemencia. [...] Perdonó a los rebeldes, pero con amenazas de muerte
y crucifixión para todos los habitantes del arrabal que no hubiesen partido de la
ciudad en el plazo de tres días. Los supervivientes salieron a escondidas, expuestos
a toda clase de penas y humillaciones, llevándose lejos de Córdoba a sus mujeres
e hijos y las riquezas de más fácil transporte. Los soldados estaban al acecho para
saquearles, y mataban a quienes intentaban resistir.
Terminado
el plazo de tres días, al-Hakam dio orden de respetar a las mujeres, a las que reunió
en otro lugar, e hizo destruir el arrabal meridional.»
Ibn al-Athir, Kamil
fi-i-Tarif, trad. francesa de E. Fagnan, Extraits inédits relatifs au Magreb.
Geographie e Histoire, Argel, 1924 (cfr. VV.AA., La Alta Edad Media. Visigodos,
árabes y primeros reinos cristianos, Madrid, Historia 16, 1980, p. 50).
«Como el sitio
de tal plaza proseguía sin piedad contra Hafs ibn Umar ibn Hafsun, que estaba rodeado
por todas partes de fortificaciones destinadas a contenerle, tal jefe reconoció
que ante el celo y la resolución desplegados contra él no podría mantenerse en las
montañas donde estaban. En consecuencia, escribió al emir para pedirle cuartel y
obtener su perdón, permitiéndole salir de la montaña y reconocer y aceptar su autoridad.
Al-Nasir le envió al visir Ahmad ibn Muhammad ibn Hudayr, quien se ocupó de la salida
de ibn Hafsun de la fortaleza de Bobastro, que fue ocupada por soldados y gentes
de al-Nasir el jueves 23 de Dzu-i-gada (21 de enero de 928). El visir ibn Hudayr
llevó a Hafs con su familia y todos los cristianos de la plaza, con sus mujeres
e hijos, a Córdoba.
El emir acogió
generosamente a Hafs, a quien perdonó y concedió un olvido completo de su pasado,
y al que hizo formar parte de su séquito e incluyó en el ejército. En 316 (25 de
febrero de 928), el emir al-Nasir fue a Bobastro, después de la conquista de la
plaza, para arreglar allí las cosas y regular definitivamente su ocupación. El príncipe
llegó al castillo de Bobastro el domingo 20 Muharram (15 de marzo). Entró en la
ciudad, la recorrió en todos los sentidos y comprendió a ojos vistas, que por su
posición dominante, sus defensas, su elevación y su aislamiento de las otras montañas,
tal plaza no tenía par en el mundo por la inexpugnabilidad y la extensión de su
solar. Realizó por ello acciones de gracias a Allah, que le había permitido y facilitado
la conquista de tal fortaleza, y ayunó durante toda su estancia en ella. Tomó las
medidas necesarias para la edificación de una ciudadela tan bien fortificada y preparada
como ninguna otra. Encomendó a sus soldados la destrucción de todas las obras de
fortificación que la rodeaban y de todas las casas que se alzaban fuera de ella.
Hizo exhumar los cadáveres de Umar ibn Hafsun y de su hijo, y, abiertas sus tumbas,
se los halló tumbados sobre la espalda, según la práctica cristiana.»
Ibn Idhari, Bayan
al-Mugrib (cfr. Julio Valdeón, El Califato de Córdoba, Madrid, Cuadernos
de Historia 16, Nº 102, 1985, separata central).
7,.
La batalla de Simancas, 939
En la era 977 [939], a saber, en la segunda feria (lunes) a la hora tercia
mostró Dios un signo en el cielo y el sol se convirtió en tinieblas durante casi
una hora en todo el mundo. Después, a los dieciocho días, el séptimo de los idus
de agosto [6 agosto] en el día que los cristianos celebran a los santos Justo y
Pastor, tercera feria (martes), vinieron los cordobeses a Simancas con su nefandísimo
rey Abd al-Rahman y con todo su ejército y fijaron allí su campamento. Encontraron
al rey Ramiro y sus condes que salieron reunidos con él y con sus huestes, a saber:
Fernán González y Asur Fernández y otra multitud de guerreros. Ayudándoles Dios,
cayeron sobre los moros y mataron a espada ese día casi tres mil y quizá más; y
allí fue capturado el moro Abu Yahya. Dieciséis días después, el doce de las calendas
de septiembre [21 agosto], mientras los moros huían y trataban de salir de tierra
de cristianos, les salieron al encuentro en un lugar llamado Leocaput, junto al
río Verbera, y allí fueron dispersados los islamitas y bastantes fueron muertos
y despojados. Y se alegraron mucho los cristianos, porque volvieron con muchas riquezas
y se regocijaron de sus despojos y está llena de ellos Galicia y Castilla y Álava
y Pamplona, con su rey García Sánchez. ¡Gracia a Dios!
Anales castellanos primeros. Así llama Gómez Moreno al
antes denominado Cronicón de San Isidoro de León. Breve relato en forma de anales
que procede del siglo X. Comprende desde la predicación de Mahoma hasta la batalla
de Simancas (939). Edición: M. Gómez Moreno, Anales castellanos. Discurso de recepción
en la Real Academia de la Historia (Madrid, 1917), págs. 23-24.
Luego Dios le afligió (a Al-Nasir) y le sometió a prueba
con la conocida batalla en que padeció duro trato a manos del enemigo de Dios Radmir,
hijo de Urdun, el día viernes 11 del mes de sawwal del año 327, frente a la ciudad
de Sant Mankas, en el país de los Rumíes (los cristianos), después de una lucha
que duró varios días y en la cual se desarrolló la pugna entre ambas partes de la
manera más violenta y ardua, llevando la iniciativa el enemigo.
Los musulmanes experimentaron una derrota inaudita,
que fue suscitada por un grupo de hombres de la división militar que dependía directamente
de Al-Nasir, quienes, envidiosos de los favores que Dios le había acordado, no le
aconsejaron lealmente acerca de la conducción de la lucha, sucediendo que al entrar
en acción una vez más la caballería se descalabraron las líneas de combate muslímicas.
Entonces el enemigo compelió a los musulmanes a replegarse hacia una fosa profunda,
por la que se hace referencia a la batalla. En dicha fosa fueron cayendo los hombres
hasta que la cubrieron de borde a borde.
Huyó Al-Nasir, abandonando sus campamentos, de los que
se apoderó el enemigo, con todos los pertrechos y demás elementos que en ellos había.
Ahí perdió Al-Nasir su Corán y su coraza, cosas ambas de un valor inapreciable,
que luego recuperó.
Cuando estuvo fuera de peligro, despachó a Córdoba,
de modo que llegaran antes del grueso de las tropas, una cantidad de milicianos
de su escolta, quienes comunicaron la buena nueva de que Al-Nasir se hallaba sano
y salvo, y, en cumplimiento de sus órdenes prepararon rollos y cruces a orillas
del río.
Al llegar a la ciudad hizo apresar alrededor de trescientos
hombres de la caballería, a los que clavaron en dichos rollos y cruces, haciendo
difundir Al-Nasir una proclama en la que decía: “Este es el castigo que corresponde
a los que han traicionado al Islam, engañando a su pueblo y sembrando la confusión
en las filas del ejército de la Guerra Santa”. Luego erigieron aquellos maderos
con las víctimas y las alancearon a la vista de la gente, hecho lo cual Al-Nasir
se fue a su palacio. Desde esta campaña ya no emprendió otra personalmente.
Más tarde Dios le favoreció con victorias sobre los reyes cristianos y la toma de
sus comarcas, como no lo había hecho en beneficio de ninguno de sus predecesores.
Gestas de los hombres ilustres. Escrito en su huida al Magreb
donde murió en 1374. José Lirola Delgado: Ibn al-Jatib, saber y poder en la Granada nazarí.
Ambos textos en Sánchez Albornoz,
C. La España musulmana, vol. I, pp. 337-339.
[1]
El yund era el conjunto de los linajes árabes de origen sirio, descendientes
de los conquistadores y de quienes llegaron con Abd al-Rahman I, y que formaban
la aristocracia dominante en al-Ándalus.





